SvaDharma y el Asiento del Maestro: Una noche que me recordó quién soy
Hay encuentros que uno organiza y encuentros que, sin darnos cuenta, terminan organizándonos a nosotros. Eso fue lo que viví hace unos días, cuando tuve el honor de presentar a Benita Wolfe en nuestro primer Dharma Talk: SvaDharma y el Asiento del Maestro.
La cité como «una persona extraordinaria» al presentarla, y no exageré ni un poco. Benita tiene esa capacidad poco común de moverse entre la filosofía más profunda y la sabiduría de la tierra, y aterrizar todo eso en algo que uno puede llevarse a la vida cotidiana. Esa noche, sentado frente a la pantalla junto a decenas de personas de distintos países, sentí que no estábamos en una clase. Estábamos, literalmente, sentados frente al fuego de una maestra.
Quiero compartir con ustedes, en este espacio de Amautas, lo que Benita nos regaló esa noche, porque creo que es una enseñanza que el mundo necesita hoy más que nunca.
La enseñanza más alta: todo está hecho de amor consciente

Benita comenzó recordándonos algo simple y, a la vez, inmenso: existe un poder inteligente universal detrás de todo lo que existe, y ese poder es amor consciente. No es un amor sentimental, sino una fuerza viva que vibra en cada célula, en cada piedra, en cada persona.
La vida, dijo Benita, no es un problema a resolver ni un castigo kármico que hay que pagar. Es un regalo. Y la gran pregunta no es por qué recibimos ese regalo, sino cómo elegimos abrirlo.
Nos mostró imágenes del telescopio James Webb, esas galaxias infinitas, y nos invitó a sentirnos parte de esa inmensidad: no somos la gota en el océano, como escribió el poeta Rumi, somos el océano entero contenido en una gota.
Dharma: lo que sostiene la vida
De ahí pasamos a Dharma. Benita lo expli
có de una manera que se me quedó grabada: Dharma es todo aquello que sostiene, que nutre y que le hace bien a la totalidad. Es el orden cósmico, sí, pero también es algo tan simple como detenerse en el semáforo o ceder el paso en una rotonda para que el tránsito fluya para todos.
Cuando alguien rompe ese orden, lo sentimos todos. Dharma es agua limpia, aire, alimento, luz solar compartida. Es, en definitiva, todo lo que hace posible que la vida continúe floreciendo para el conjunto.
Karma: la onda que nunca deja de moverse

Después llegó el Karma, y Benita fue clara: no se trata de premio ni castigo. Karma es, simplemente, causa y efecto.
Cada pensamiento, cada palabra, cada acción genera una onda que sigue expandiéndose, aunque nosotros ya no la veamos. «Toma tu karma en serio, busca tu
Dharma, y paga la cuenta del teléfono», bromeó, recordándonos que estas enseñanzas antiguas también se aplican a lo más cotidiano.
Lo que importa, dijo, es actuar desde nuestra mejor intención, con la conciencia y la sabiduría que tenemos disponible en este momento, sabiendo que no podemos controlar el resultado final. Eso, precisamente, es sabiduría.
SvaDharma: el propósito que no podemos abandonar
Y entonces llegamos al corazón de la noche: SvaDharma. Sva significa «el ser», «uno mismo». Unido a Dharma, se convierte en nuestro propio deber de dignidad, aquel que sostiene y nutre nuestra alma.

Benita lo resumió con una imagen que me acompañó toda la semana: un manzano jamás desea haber sido un árbol de aguacate. Simplemente florece siendo completamente lo que es. Esa es nuestra tarea también: descubrir para qué estamos aquí, y confiar en que esa respuesta, aunque cambie de forma con los años, jamás está equivocada.
Nos recordó que llegamos al mundo como una hoja en blanco, abiertos, y que poco a poco absorbemos las creencias de la familia, la cultura y la sociedad, hasta que olvidamos lo que amábamos de niños. Por eso, dijo, SvaDharma muchas veces hay que redescubrirlo: preguntarnos qué haríamos si nadie nos dijera qué «deberíamos» hacer. Y citó a Abhinavagupta, el gran maestro tántrico del siglo VII: «Uno nunca puede abandonar su SvaDharma». Lo que amamos siempre encuentra el camino de regreso.
Durante la ronda de preguntas surgió algo hermoso: alguien preguntó qué pasa cuando una enfermedad o una pérdida nos impide seguir haciendo aquello que amamos, como un músico que ya no puede tocar. Recordé ahí el ejemplo de Stephen Hawking, quien encontró nuevas formas de compartir su genio cuando su cuerpo ya no se lo permitía de la manera original.
Para mi SvaDharma, no es algo rígido: es una conversación viva que seguimos teniendo con nosotros mismos a lo largo de toda la vida.
El Asiento del Maestro: la autoridad vuelve a nosotros
Y aquí está, para mí, el corazón del título de la charla. Benita explicó que estamos dejando atrás la era del gurú externo, donde la sabiduría vivía «allá afuera», en otra persona, y entrando en la era de Acuario: la era del poder de la gente, del colectivo, de las masas, del pueblo.
El asiento del maestro ya no está reservado para unos pocos elegidos. Está disponible para cada uno de nosotros, cada vez que elegimos escuchar a nuestro propio corazón como la autoridad más confiable que tenemos.
Reciprocidad: lo que amamos es lo que damos
Benita cerró con algo que quiero subrayar: SvaDharma también es reciprocidad. Lo que amamos es, literalmente, lo que tenemos para dar. Y cuando alguien nos entrega su sabiduría con el corazón abierto, como hizo Benita esa noche, sostener esa enseñanza también es nuestro Dharma. Por eso, si esta charla les tocó algo, les invito a honrar esa reciprocidad y colaborar directamente con Benita.
Salí de esa videollamada distinto a como entré. Con más preguntas, sí, pero también con más certeza de que mi SvaDharma sigue vivo, cambiando de forma, y que el asiento del maestro siempre estuvo esperándome.
Gracias, Benita, por recordárnoslo a todos.

